Cuando nos sentimos culpables por algo, nuestro malestar interno nos hace desvalorizarnos, parecer un poco estúpidos y en determinadas ocasiones, hasta miserables. La culpa, en la mayoría de los casos, es el resultado de retener la rabia hasta tal punto, que ésta se vuelve contra nosotros. Se apodera de nuestro yo, y dirige nuestras energías hacia adentro como si fuera un castigo, confuso, ilógico e incontrolado. Es aquí cuando nuestra memoria se vuelve selectiva y nos acordamos solo de los momentos en que hemos quebrantado un valor, o hemos causado sufrimiento y pena a otras personas. Los logros, las evidencias pasadas y las actitudes de buena voluntad se vuelven vagas y apenas irreconocibles.

Hay dos situaciones, que muchos os sentiréis identificados, que produce sentimiento de culpa: cuando sentimos rabia hacia los padres y/o hacia los hijos. Generalmente estos dos grupos nos generan mucha ansiedad e incertidumbre, pero sería bueno recordar que el sentimiento mas apropiado que se puede sentir hacia los padres o hacia los hijos es una rabia sana.

Cuando nos enfadamos con nuestros hijos, les estamos enseñando a reconocer límites y a respetar al otro. En la medida en que nos respetamos a nosotros mismos y establecemos límites a cerca de cómo queremos ser tratados, les enseñamos que esto es correcto y apropiado y que ellos también tienen derecho a establecer sus propias fronteras. Cuando enseñamos a nuestros hijos a expresar, recibir, y aprender de la rabia, estamos estableciendo las bases de cómo comportarse entre seres humanos y establecer así relaciones maduras.

Es de suma importancia resolver la rabia entre el niño y sus padres, ya que el miedo no resuelto y la rabia de nuestras primeras relaciones en la niñez, afectan después a nuestra vida adulta.

También es importante reconocer un sentimiento de culpa apropiado, este tipo de culpa es saludable y una señal de que hemos ofendido a alguien o nos hemos equivocado con alguna persona o con nosotros mismos. Este tipo de culpabilidad nos hace sentir incómodos hasta que reparamos la situación con la persona que hemos herido. Negar nuestra responsabilidad, solo aumentará nuestro sentimiento de culpa. La mejor manera de liberarnos, es reconocer la responsabilidad de nuestras acciones, disculparnos y reparar los daños causados; esto ayudará enormemente a aligerar nuestra tensión interna y a colaborar a que todos nos sintamos mucho mejor.

Cuando te sientas culpable, en lugar de regañarte, atacarte, calificarte negativamente y evaluarte, enfócate en tú conducta.
Analiza qué fue lo que hiciste o dejaste de hacer.
En función de qué, estás calificándolo como malo.
Piensa si estas juzgándote con ideas o valores de otras personas o de otros tiempos.

Pregúntate:
¿Estoy dañando a alguna persona o a mí mismo?
¿Lo podía haber evitado, sin causar problemas mayores?
¿Cuáles fueron las circunstancias que influyeron en mí conducta?
¿Qué sentimientos contribuyeron?
¿Cuáles eran mis opciones y por qué elegí actuar así?

Responder honestamente a estas preguntas, no “borra” la conducta y las consecuencias de la misma.
Pero nos puede ayudar a:

  • Comprender el porqué de mis acciones,
  • verlas como una mala decisión, basada en el aprendizaje de mi niñez o en la presión de mis emociones,
  • analizar si mis expectativas son demasiado altas, debido a una baja autoestima,
  • centrarme en mi conducta para corregir, si es posible,
  • aprender, para no volver a actuar de la misma manera,
  • revisar mis creencias y valores, para ver de dónde vienen y si actualmente son validos y adecuados o no.

Recuerda que estas aquí para existir, desarrollarte, crecer y ser responsable de tus actos. En el contexto global, contribuye a mejorar el mundo ya que habitarás durante un tiempo en él y con tus pequeños gestos conseguirás logros importantes y las personas que te rodean sean mas felices.

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